EL HOMBRE QUE AMÓ A CAT DANCING (The Man Who Loved Cat Dancing). 1973. Valóración: 6,45

Jay Grobart no duda ni por un instante a la hora de vengar la muerte de su esposa, una mujer india llamada Cat Dancing. Violada y asesinada salvajemente, Jay no perdona al hombre responsable del crimen, al que da muerte, aunque le cueste la cárcel.
Tras pasar un tiempo en prisión, Grobart se convierte en un forajido que forma con Dawes y Billy una banda de ladrones.
Durante el asalto a un tren se cruza en su camino Catherine, una mujer que viene huyendo de un violento marido al que no ama. Dawes y Billy la secuestran con la intención de violarla, pero Grobart la toma bajo su protección y ambos acaban enamorándose.
La banda se dirige hacia el poblado indio donde Grobart vivió con su mujer e hijo, pero le pisa los talones Lapchance, un cazarecompensas contratado por el marido de Catherine para hacer que vuelva con él.

Estimulante pero no convincente western, algo extraño para el más profundo fan del precioso género rey, pero curioso para el más profano.
Y es que contiene numerosos elementos que mejor casarían dentro de otros géneros, como el genuinamente negro o el simple melodrama romántico.
Sin embargo, no es menos cierto que todo se desarrolla en estrictos parámetros del far west, comenzando por los emblemáticos parajes donde los rudos y a la vez sensibles personajes se desenvuelven, hasta el clímax de violencia, tanto contenida, como explosiva llegada el caso, y siempre con el espíritu de las gentes que vivieron en aquella excitante pero salvajé época, donde todos/as trataban de encontrar el lugar donde asentarse definitivamente, a la vez que el progreso aplastaba cualquier romanticismo y cualquier ilusión de vivir en paz con solamente las estrellas y el cielo sobre cada uno/a.

Una innegable historia de amor, que tiene la espada de Damocles sobre las cabezas de los protagonistas, inmersos y diluidos en un destino fatal…o quizás no tanto.
Buenos personajes, sobre todo los de los villanos (excelente una vez más Jack Warden), etérea belleza de Sarah Miles, aparentemente fuera de lugar, y una dirección quizás un poco más efectista de lo necesario de Richard Sarafian, hace de este film un producto sobrio pero algo distante para el espectador medio, que no logra involucrarse del todo en las cuitas de los protagonistas. Esto, indudablemente, es un fallo, algo negativo, que no obstante, sobre todo en su aspecto técnico es de recibo (música de John Williams, fotografía de Harry Stradling Jr….).

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